25 de septiembre de 2012

Soñé con pomelos anoche,
el jugo, la pulpa, el resplandor,
todo es vida, fluyen ríos en mi almohada,
pude verlos, luminosos,
repletos de peces, gente en las orillas,
ríos y pomelos,
¿qué mas hace falta para
combatir la soledad?

8 de septiembre de 2012

Cuando alguien te cierra las puertas de su corazón,
no hay llave, no hay hechizo que pueda abrirlas,
no se puede respirar de este otro lado,
y sólo queremos pasar a toda costa,
no importa la hora,
vemos luz detrás de la puerta
y queremos entrar,
preguntar dónde quedó la risa,
la dulzura,
la mañana compartida.
pero golpeamos las puertas
y no sale nadie,
nos quedamos a la intemperie,
con frío,
y un dolor en los ojos
de tanto llorar...

4 de agosto de 2012


LAS CHIMENEAS



Despertó agitado, soñó con chimeneas tapadas, no una sola, que ya sería bastante raro, sino con muchas chimeneas, tapadas y tapiadas, los hogares cerrados con maderas clavadas, cruzadas de lado a lado, vedadas. La imposibilidad de acercarse al calor, le produjo desasosiego. Con los párpados apretados, sabiendo en cierta forma que estaba soñando, hacía fuerzas por ver encenderse los fuegos, poder ir con una antorcha encendiendo cada una de las chimeneas, pero la luz, el calor, no aparecían, sólo los huecos negros, hollinados, hasta podía oler los ambientes, encierro, humedad, sopa vieja, ropa sucia.

Despertó con un gusto amargo en la boca, como a verduras hervidas y vueltas a hervir, afuera estaba lloviznando, escuchó el golpeteo de las gotas contra la persiana. Se sentó en la cama y se ubicó, rascándose el pecho, el vientre. Al refregarse los ojos le vino nuevamente la imagen de la chimenea tapada, las maderas. “Es temprano todavía, me tengo que afeitar” El hollín de las chimeneas lo siguió hasta el baño en forma de tristeza. El jabón y el dentífrico no fueron suficientes como para hacerlas desaparecer. Encaró el día un poco despeinado, la bufanda enrollada de cualquier manera, las manos en los bolsillos del abrigo, hablando solo, sacando cuentas, inventando excusas.

Tendría que ser claro. Era hoy, ya no podía esperar. Carolina tenía que saber que el amor se le había escapado por la ventana, fue tan frágil, que se desnudó a la intemperie y no resistió. Los plazos que se impuso, ya le pesaban. Se le mezclaban las fechas y solo lograba intensificar el malestar. “No te quiero, Carolina” “Me siento árbol, me distraigo en la copa, en los frutos, ya no te encuentro en la flor, no te quiero, Carolina”.

Ese día irían a ver la iglesia, a ultimar los detalles de la ceremonia. ¡La iglesia del orto!, tan gótica, tan horripilante! No te quiero Carolina, no te esfuerces, linda. Tu vestido seguro es primoroso, tus zapatos, el comentario de todas tus tías. Pero no te quiero.

Seguramente su padre y su madre también querrán ver el altar donde le juraría amor por siempre a su hija. Había un Cristo sangrante, rostro bañado en lágrimas, clavado en la cruz. Debajo, una madre María impotente ante la crueldad, la injusticia, cuando todavía Jesús no era el hijo de Dios, era sólo un muchacho lleno de luz, apedreado por una multitud ignorante. La madre de un muchacho cualquiera,¡ y tan fuerte el dolor! Mirá Carolina, no sé si no te quiero porque hemos cambiado nosotros, o por el altar de la iglesia que elegiste. Este es un día en el que metería la cabeza adentro de un jarrón, para ver qué pasa, que las horas pasen, que un zumbido invada mi cabeza y yo, patas arriba, viendo el fondo oscuro del jarrón, feliz, porque no me casé, no me casé.

Pero vamos esta tarde a ver la iglesia. Carolina sos de lo que no hay, insistente, avasalladora. Empujás la puerta vaivén de la iglesia y viene a mi nariz un olor a estofado, a kerosene, a lustra muebles, todo a la vez,¡jajaja, es mucho! Tal ves no espere a decírtelo después. Tal ves esta situación bizarra me aliente.

Caminamos hasta la sacristía, pasamos por los confesionarios. El olor a pecado se me cuelga del cuello, me abraza, me da un beso de lengua, y pone en tu cara una mueca libidinosa. Esto es demasiado, y eso que todavía no llegamos a San Roque, mordido por el perro, y a María Magdalena, arrastrada, a los pies de Cristo, y los apóstoles, lavándose todos las manos, todos.

No, no te quiero, Carolina. Mirame, sabelo mientras me mirás. Q no me haga falta pasar frente a la urna de las colectas para decirte: preciosa, no te amo, no quiero la noche en que van a encenderse todas estas luces opacas, desmayadas, y va a sonar ese clavicordio de mierda, con esa marcha nupcial y fatal.

Dale bonita, decime que vos tampoco querés, porque ya apagué todas las chimeneas.

El techo de esta bóveda me abruma, el olor a crisantemos marchitos. Ella camina en trance, va al encuentro del cura, mirándome de reojo dice mi nombre y agrega un: “chiquitito” “papuchito”, algo así, que termina en “mío”.

Está tan linda, viene a mi cabeza el sueño de esta mañana, comienzan a airearse las chimeneas, a limpiarse con el viento helado. Está tan linda, me va hablando de las sábanas color lavanda que compró la tarde anterior. El pelo le va oscilando en la espalda, sobre el abrigo magenta. Detrás de ella van quedando Santa Teresa del niño, San Cayetano, y me guiña un ojo Carolina, justo cuando pasamos delante de la urna de un cura muerto en la época de la peste. Miramos el nombre en una placa, era muy ridículo. Nos empezamos a reir a carcajadas. Nuestras risas resonaron en toda la iglesia, penetrando en todos los rincones. Se colgó de los candelabros. Las velas se agitaron, se fundieron, y fueron prendiéndose fuego de a poco las ropas de los mártires. Vino gente corriendo desde el interior, con recipientes con agua para apagar las llamas. Otra vez mi sueño de la noche: Las chimeneas comenzaron a funcionar. Carolina y yo salimos a la vereda, de la mano, tibios aún de risa, temblando, ya no pude soltarla, ya no.



Carina Brzozowski

8 de julio de 2012


Yo vivo así,
de ilusiones,
como un pomelo con azúcar, y
mis lágrimas se mezclan
con el ácido de la fruta.
Vivo así, escuchando timbres que no suenan,
veo a un hombre en la vereda,
en la penumbra.
Mis sueños son así, nunca veré su cara,
porque desde mi puerta no se distingue,
mientras como pomelos,
voy del sueño a la vigilia,
y espero.
Sé que alguna vez,
mi sonrisa volverá a aparecer,
sólo tengo que soñarla,
dibujarla en el centro de mi cara.
El amor es una ilusión,
una lluvia de verano, que ya pasó,
un temblor que se va olvidando.

1 de julio de 2012


Domingo duerme mi razón,
enloquezco un poco y afilo los cuchillos,
el lunes a la madrugada,
corto la niebla con el filo y caen las estrellas
al costado de la vereda,
sólo entonces camino tranquila,
sé a dónde voy,
sé que comienzan a acomodarse las horas,
y mi palidez no combina con el alba,
necesito rímel para remarcar el lugar
De donde he llorado a un hombre.
Aún es domingo, un mate semi amargo,
un gol que no es mío, y un libro casi por terminar.
Pienso qué zapato no me hará doler mañana,
qué pena irá conmigo todo el día.
Esta noche que aún no es lunes,
Necesito un sueño de amor,
un latido, un poco de aire,
para poder respirar.


                    Carina A. Brzozowski 

12 de mayo de 2012


Quiero la existencia de una ventana, digo, ser una ventana. Bueno, ustedes dirán: “¿Con qué necesidad? Tanta ventilación… tanto aire… Sí, quiero la existencia de una ventana, ser hacia afuera y hacia adentro, que el agua de lluvia me penetre de vez en cuando y aunque inunde los interiores, que se haga notar, que diga: “aquí estoy  yo, renovándote”.  También quiero ser ventana para contemplar el  afuera, ser diversa en mi visión, ver pasar todo, observar  todo con detenimiento, llenarme de sabores, de colores, de perfumes. Extrañar algunas escenas que ya no habrán de ocurrir frente a mí.

Quiero ser ventana y  que me cuelguen cortinas anaranjadas, y me distingan en la oscuridad. Quiero que me abran y me cierren, para no ser siempre la misma, que el aire pase por mí, y todo cambie. Que me crezcan hiedras a los costados y flores púrpuras, sólo eso me bastaría para acordarme que existió alguna vez el amor. Milagro de mutación, yo, que no creo en los milagros, quiero la existencia de una ventana. No pido mucho, quien mire hacia adentro, que vea una habitación verde, donde haya mesas blancas, y jarrones con margaritas. Quién mire hacia afuera, que una tormenta rosada, de verano, le traiga vientos de olvido y barcos de papel colgando de los árboles.
Quiero la existencia de una ventana, y que me abran justo cuando asome el arco iris, para distraerme un poco, y no desear otros milagros.


18 de abril de 2012

La niña de la rayuela



Cuando salgo del consultorio, tres veces por semana, a las seis o siete de la tarde, tomo siempre el mismo camino. Casi nunca llevo el auto, prefiero caminar, voy desconectándome de a poco, mientras recorro las veredas arboladas, y juego con la vista a buscar espacios de luz, por donde se cuelan los rayos de sol. Mi cabeza es una rayuela dibujada en el piso. Mis pensamientos, una niña que va hasta el tres y vuelve al uno, que va hasta el cinco y vuelve a tierra, salta al ocho y tropieza en el seis, mientras la piedra golpea despacito y monótona en las sienes. Intento parar, dejar a la analista a un lado por un momento y decirme que soy yo la que necesito contar, la que necesito hablar. En el trayecto hasta casa, entro a los chinos y compro un queso untable, pero no me distrae. El suicidio del novio de Clara me ronda, mientras busco cambio porque la china dice no tener vuelto. Paso por la florería y me digo que un ramo de nardos va a perfumar perfecto mi departamento. Perfecto. Entonces pienso en Damián, y su manía de planchar nuevamente las camisas que ya ha planchado antes su mujer. A la mierda con las camisas de Damián, con el remordimiento de Adriana por serle infiel a su esposo, y con el llanto de Verónica, qué podrida me tiene Verónica con su dilema feminista y su rol en la empresa donde trabaja.

Voy oliendo tilo y madreselva, acurrucada contra mi pecho, va cansada, la niña de la rayuela.

El pordiosero me mira desde la plaza, hace un gesto con la cabeza para saludarme. Muy respetuoso, le devuelvo el saludo y cincuenta metros mas tarde, aún me sigue con su aire solitario, compañero, como si velara por mí hasta que introduzco las llaves en la puerta de mi casa. Sí, ¿Por qué no? Me siento cuidada por el pordiosero.

Así iban transcurriendo los días, las semanas, mis pacientes dejaban sus morrales de experiencias, colgados de mis hombros y el café de la merienda no lograba sacármelos de encima.

Me iba con la voz de Carina contándome que no podía parar con el celular, que lo llamaba, que lo llamaba, lo llamaba… ¡Por Dios! ¿Por qué lo llamaba tanto? ¿No se daba cuenta? Llego, me ducho, quedo desnuda y vacía, aflojo los dedos y me duermo en la bañera. Hoy, el hombre de la plaza me siguió con la mirada cincuenta metros más. Aliviada, lo miré y pensé en las camisas de Damián, lo bien que le quedarían a este hombre, aún arrugadas. Pensé en la paz que me dan estos encuentros pasajeros. Es un ser que parece no necesitar de mí. Eso me da mucho gusto. Decididamente, no necesita de mí, está al amparo de la buena de Dios. Sonrío porque imagino cómo se sentiría atendiendo un llamado de Carina, este hombre que le da de comer a las palomas y les habla en un idioma de arrullo. ¿Exasperado? Esa es la palabra, exasperado y harto.

A veces creo que me conoce, que me llama por mi nombre y acudo a él para nada, porque me nombra para nada. Y siento que me compadece. No lo haría, lo sé, pero se me cruza por la cabeza invitarlo a tomar una sopa, a que se dé un baño caliente, y mire un programa de televisión.

Desde que comencé a ejercer mi profesión, juego a que cuando la gente me ve por la calle, en realidad, ve a varias personas en mi persona. Cruzo las aceras, y siento que a veces, camino insegura, perseguida, como las mujeres infieles a las que analizo. Otras, suelo pensar que cuelgan de mi bolso camisas mal planchadas, y celulares que no suenan, dibujan en mi cara un gesto de tristeza.

Creo que este hombre, el pordiosero, me adivina, y cada día, al saludarme con la cabeza, saluda a Damián, a Carina, a Verónica. Nos ve pasara a todos con la incertidumbre a cuestas.
Los días pasaban, la niña de la rayuela, siete ocho, nueve, cielo. Cielo, siete, seis, tres, tierra. Va y viene la piedra, no puedo correrme del juego, no puedo pasarme a una mancha, una escondida. El pordiosero me miraba pasar, hasta que aquella tarde, vi a las palomas dando vueltas buscándolo. Creo que sólo ellas y yo nos dimos cuenta de su ausencia. Me senté en uno de los bancos. El cielo amenazaba con caerse, violeta y ceniza, sobre nuestras cabezas. Era el cielo de los desolados, los que sabemos del desborde, la desesperanza. El día anterior, el pordiosero se acercó, interrumpió mi paso y me entregó una piedra celeste, brillosa y liviana. Me dijo: “-es para la niña”- y agregó: “- tierra, un, dos, tres… cielo, cielo, siempre cielo”.